Había una vez, en una casita de madera al borde de un bosque muy espeso y muy oscuro, una familia humilde formada por un leñador, su esposa y siete hijos varones. El más chico de todos era tan pequeño, tan pequeñito, que al nacer cabía en la palma de una mano. Por eso, desde el primer día, todos lo llamaron Pulgarcito. Aunque era diminuto, sus ojos brillaban con una inteligencia que ninguno de sus hermanos tenía, y su corazón era más grande que el de cualquier gigante.
Una familia en apuros
Los tiempos eran difíciles. El invierno había llegado temprano ese año y la nieve cubría el bosque como una frazada blanca e interminable. El leñador ya no podía trabajar como antes, y en la despensa apenas quedaban unas pocas papas arrugadas y un mendrugo de pan duro. Los siete hijos comían poco, pero siempre pedían más, y los padres, con el corazón partido, no sabían qué hacer.
Una noche, cuando los chicos ya dormían apretujados bajo las cobijas, el padre habló en voz baja con su esposa:
"No podemos seguir así. Mañana voy a llevar a los chicos al bosque y los voy a dejar allá. Ya no tenemos con qué darles de comer."
La madre lloró en silencio, pero la miseria era tan grande que terminó asintiendo con la cabeza.
Lo que los padres no sabían era que Pulgarcito, que dormía en el rincón más cercano a la cocina, escuchó todo. Esa noche no pegó un ojo. Pensó y pensó hasta que, justo antes del amanecer, se le ocurrió un plan.
El rastro de piedras blancas
Apenas salió el sol, Pulgarcito se escurrió de la cama sin despertar a sus hermanos. Salió de la casa de puntitas, cruzó el patio helado y fue hasta el arroyo que corría detrás de la huerta. Allí llenó sus bolsillos con piedrecitas blancas y brillantes, tantas como pudo cargar. Después volvió corriendo y se metió en la cama justo cuando su madre empezaba a llamar a todos para desayunar.
Esa mañana, el padre anunció que iban a ir juntos al bosque a recoger leña. Los chicos saltaron de alegría, porque hacía semanas que no salían. Solo Pulgarcito sabía lo que realmente iba a pasar.
Mientras caminaban por el sendero entre los árboles, Pulgarcito iba al último del grupo, y cada tanto se arrodillaba como para atarse el zapato. Pero lo que en realidad hacía era sacar una piedra del bolsillo y dejarla caer sobre el camino. Piedrita blanca aquí, piedrita blanca allá. Un rastro perfecto que brillaba bajo los rayos del sol que se filtraban entre las ramas.
Cuando llegaron a lo más profundo del bosque, el padre armó una pequeña fogata y les dijo a los chicos que esperaran allí mientras él iba a buscar leña. Prometió volver pronto. Pero no volvió.
Los hermanos esperaron y esperaron. La fogata se fue apagando y el cielo se fue poniendo oscuro. Los más grandes intentaban ser valientes, pero algunos de los chicos empezaron a llorar. Entonces Pulgarcito se paró en una piedra para que todos lo vieran y dijo:
"No lloren. Yo sé cómo volver. Síganme y no se separen."
Y allí, brillando en el suelo como pequeñas lunas caídas, estaban las piedrecitas blancas. Una a una, Pulgarcito las fue siguiendo, guiando a sus hermanos de vuelta a casa. Cuando llegaron a la puerta de la casita, su madre los abrazó llorando de alivio. El padre también los apretó fuerte, avergonzado de lo que había hecho.
Esa noche, un vecino había traído dinero que les debía desde hacía tiempo, así que hubo pan y sopa caliente para todos. Parecía que los problemas habían terminado.
El segundo abandono y el rastro de migas
Pero el invierno se alargó, y la plata del vecino se terminó rápido. Una semana después, Pulgarcito volvió a escuchar a sus padres hablar en la oscuridad:
"Esta vez los vamos a llevar más adentro del bosque. Tan adentro que no van a poder volver."
Pulgarcito se levantó de nuevo de madrugada para ir a buscar más piedrecitas al arroyo. Pero esta vez la puerta estaba cerrada con llave. El padre, que sospechaba algo, había tomado precauciones.
Pulgarcito no se desesperó. Volvió a la cama y empezó a pensar en otro plan. A la mañana, cuando la madre repartió un pedacito de pan a cada uno para el camino, Pulgarcito no se comió el suyo. Lo fue desmenuzando en su bolsillo, y mientras caminaban bosque adentro, iba dejando caer migas de pan sobre el suelo, una a una, formando un nuevo rastro.
Esta vez los llevaron mucho más lejos, a un claro que ninguno conocía. El padre encendió la fogata, prometió volver, y desapareció entre los árboles.
Cuando llegó el momento de volver, Pulgarcito buscó las migas de pan. Pero los pajaritos del bosque, siempre hambrientos, se las habían comido todas. No quedaba ni una.
Los hermanos caminaron y caminaron sin rumbo, hasta que el cielo se volvió negro como la tinta y el viento aulló entre los pinos. Estaban perdidos de verdad.
La casa del ogro
Justo cuando el miedo empezaba a ganar la batalla, Pulgarcito trepó al árbol más alto que encontró y desde arriba divisó, muy a lo lejos, una lucecita amarilla. Sin perder tiempo, guio a sus hermanos hacia ese resplandor.
Era una casa enorme, con paredes de piedra gris y una puerta maciza como las de un castillo. Una mujer grandota y de aspecto cansado abrió la puerta.
"Por favor, señora, somos unos niños perdidos. ¿Nos puede dar refugio esta noche?" —pidió Pulgarcito con su vocecita clara.
La mujer los miró con ojos tristes y dijo:
"Pobrecitos. Esta es la casa del ogro, mi marido. Si los encuentra, se los va a comer. Pero... entren rápido, que hace frío."
Los escondió en la cocina, detrás de un aparador gigante. Les dio sopa caliente y pan, y los siete chicos comieron como si no hubieran comido en días, que era exactamente lo que había pasado.
Pero a medianoche, la puerta se abrió de un golpe que hizo temblar las paredes. El ogro entró pisando fuerte, con botas que resonaban como truenos.
"¡Huelo sangre de ser humano!" —rugió con una voz que hizo vibrar los vidrios de las ventanas.
"Son imaginaciones tuyas, querido" —dijo la mujer—. "Esta noche comiste bien, ya sé que andás oliendo cosas raras."
Pero el ogro husmeó y husmeó hasta que encontró a los siete hermanos. Los sacó de detrás del aparador agarrándolos a todos juntos con una sola mano enorme.
"¡Qué regalo!" —exclamó—. "Siete niñitos rollizos. Los guardo para el banquete de mañana."
Y los encerró en un cuarto oscuro junto con sus siete hijas, que dormían en camas enormes con coronitas de oro en la cabeza, como era costumbre entre los ogros.
El ingenio de Pulgarcito
Mientras sus hermanos dormían agotados, Pulgarcito estuvo despierto toda la noche pensando. Miraba la oscuridad con esos ojos suyos que siempre parecían estar resolviendo un problema.
Entonces tuvo una idea. Se levantó sin hacer ruido y, con mucho cuidado, quitó las coronitas de oro de las cabezas de las hijas del ogro. Después puso esas mismas coronitas en las cabezas de sus hermanos, y los gorros de tela de sus hermanos en las cabezas de las nenas del ogro. Volvió a su lugar y esperó.
Antes del amanecer, el ogro entró al cuarto con sigilo, porque había decidido no esperar al banquete. Tanteó en la oscuridad buscando las cabezas sin coronita, convencido de que eran los niñitos ajenos. Pero como los hermanos de Pulgarcito tenían las coronas, el ogro agarró a sus propias hijas.
En ese momento, Pulgarcito sacudió a sus hermanos:
"¡Levantense, levantense ya! ¡Tenemos que irnos!"
Los siete salieron corriendo en la oscuridad, descalzos por el pasto mojado, sin mirar para atrás. El ogro no tardó mucho en darse cuenta de su error y rugió tan fuerte que los pájaros salieron volando de todos los árboles del bosque.
Las botas de siete leguas
El ogro se calzó sus famosas botas de siete leguas, con las que podía cruzar enormes distancias con un solo paso, y salió a perseguirlos. Pulgarcito, que era el último de todos, escuchó el suelo temblar con los pasos del ogro y se escondió junto a sus hermanos detrás de unas rocas.
El ogro pasó por encima de ellos sin verlos, porque sus pasos eran tan grandes que saltaba de colina en colina como si fueran piedritas. Pero el cansancio de la noche lo venció, y a pocas leguas de allí se tumbó a descansar bajo un árbol enorme.
Entonces Pulgarcito hizo algo muy valiente. Le dijo a sus hermanos que esperaran, y él solito se acercó al ogro dormido. Con sus manos pequeñas y hábiles, le sacó las botas de siete leguas. Las botas eran mágicas y se adaptaban al pie del que las usara, así que en los pies de Pulgarcito quedaron perfectas.
De un solo paso, Pulgarcito llegó hasta un reino lejano. Allí se presentó ante el rey y le ofreció sus servicios como mensajero veloz. El rey, asombrado de que un niño tan pequeño pudiera moverse tan rápido, lo contrató y le pagó muy bien. Pulgarcito mandó el dinero a su familia, y también se quedó con suficiente para el viaje de vuelta.
El regreso a casa
Cuando Pulgarcito volvió corriendo hacia donde lo esperaban sus hermanos, los encontró abrazados y tiritando de frío, pero sanos y salvos. Los guio por los senderos del bosque, esta vez sin necesitar piedras ni migas, porque las botas de siete leguas le permitían reconocer el camino desde las alturas.
Al llegar a la casita de madera, su madre los recibió con un grito de alegría que se escuchó en todo el pueblo. El padre, que había pasado días terribles de culpa y arrepentimiento, los abrazó a todos llorando abiertamente.
"Nunca más" —prometió el padre—. "Nunca más voy a hacer algo así, pase lo que pase."
Pulgarcito puso sobre la mesa las monedas de oro que había ganado en el reino lejano. Eran suficientes para pasar el invierno cómodos, comprar semillas para la primavera y tener todavía algo guardado para cuando las cosas se pusieran difíciles.
La familia entera festejó esa noche como hacía mucho no festejaba. Había sopa bien caliente, pan recién horneado y hasta un pedazo de torta que la madre hizo con las últimas manzanas de la temporada.
Y Pulgarcito, sentado en su silla más pequeña que las demás, miraba a su familia reír y comer, y pensaba que ser chiquito no era ningún problema cuando uno tenía la cabeza bien puesta sobre los hombros. Esa noche durmió tranquilo, con las botas de siete leguas guardadas bajo la almohada, listas para la próxima aventura.
Preguntas para reflexionar con tu hijo
Después de leer el cuento juntos, podés aprovechar para charlar un rato con las siguientes preguntas. No hay respuestas correctas ni incorrectas: lo importante es pensar juntos.
- ¿Por qué creés que Pulgarcito pudo salvar a sus hermanos si era el más chico de todos? ¿Qué cosas supo hacer que sus hermanos no podían?
- ¿Alguna vez sentiste que eras "demasiado chico" para hacer algo importante? ¿Qué pasó cuando lo intentaste igual?
- Pulgarcito no entró en pánico cuando el rastro de migas había desaparecido. ¿Qué hacés vos cuando un plan no sale como esperabas? ¿Se te ocurre otro plan o te rendís?
- ¿Fue correcto que los padres abandonaran a sus hijos en el bosque, aunque fuera por hambre? ¿Qué otra cosa podrían haber hecho?
- Al final, Pulgarcito comparte el dinero con toda su familia. ¿Por qué creés que lo hizo? ¿Qué dice eso de su carácter?