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Cuentos

Hansel y Gretel

Hansel y Gretel

Hansel y Gretel, el clásico cuento de dos hermanos perdidos en el bosque que enfrentan a una bruja con ingenio y valentía. ¡Una historia para leer en familia!

Hay cuentos que viajan de generación en generación, que se cuentan a la luz de una lámpara antes de dormir, que hacen latir el corazón un poco más rápido y que, cuando terminan, dejan una sonrisa y una enseñanza grabada para siempre. Hansel y Gretel es uno de esos cuentos. Una historia de hermanos, de miedo y de valentía, de una bruja malvada y de una casa hecha de sueños dulces que escondía una trampa peligrosa. Pero sobre todo, es la historia de cómo la inteligencia y el amor entre dos hermanos pueden vencer cualquier obstáculo.

Una familia en el bosque

En las afueras de un pueblo pequeño, rodeado de pinos altísimos y senderos que se perdían entre la niebla, vivía un leñador con sus dos hijos: Hansel, el mayor, que tenía unos ojos vivaces y siempre estaba pensando en algo; y Gretel, la menor, que era valiente como pocas y nunca le tenía miedo a nada cuando su hermano estaba cerca.

La vida en esa casita no era fácil. El leñador trabajaba desde que salía el sol hasta que se ponía, pero el dinero nunca alcanzaba. Había días en que comían apenas un pedacito de pan y tomaban agua del arroyo. La madrastra de los chicos, una mujer de mirada fría y corazón más frío todavía, miraba a Hansel y Gretel como si fueran una carga demasiado pesada.

Una noche, cuando los chicos ya estaban acostados pero todavía no se habían dormido, escucharon voces en la habitación de al lado.

"No podemos seguir así", dijo la madrastra en voz baja pero firme. "Mañana los llevamos al bosque y los dejamos allá. Con lo poco que tenemos, solo alcanza para nosotros."

El leñador protestó, porque en el fondo era un buen hombre, pero la mujer lo convenció con palabras duras y argumentos sin corazón. Hansel escuchó todo desde su cama y apretó la mano de su hermana, que ya estaba despierta y tenía los ojos llenos de lágrimas.

"No llorés, Gretel", le susurró. "Ya se me va a ocurrir algo."

El camino de piedritas blancas

Cuando la casa quedó en silencio, Hansel se levantó de puntillas, salió por la puerta trasera sin hacer ruido y llenó los bolsillos con piedritas blancas que brillaban a la luz de la luna. Volvió a acostarse justo antes de que amaneciera.

A la mañana siguiente, la madrastra despertó a los chicos muy temprano.

"Vamos al bosque a buscar leña", les dijo con una sonrisa que no llegaba a los ojos. "Vengan, que hay que salir antes de que caliente el sol."

El padre les dio a cada uno un trozo pequeño de pan para el almuerzo y emprendieron la marcha. Mientras caminaban por el sendero que se internaba entre los árboles, Hansel iba dejando caer piedritas blancas una por una, marcando el camino en secreto, sin que la madrastra se diera cuenta.

Llegaron a un claro en el medio del bosque. El padre encendió una fogata y les dijo que esperaran ahí mientras él y su esposa iban a buscar leña más adentro. Prometieron volver pronto. Pero las horas pasaron, el fuego se fue apagando de a poco, y nadie volvió.

Gretel empezó a asustarse cuando el sol empezó a bajar.

"¿Y ahora qué hacemos, Hansel?"

"Esperamos a que salga la luna", respondió él con calma. "Las piedritas van a brillar y vamos a poder volver a casa."

Y así fue. Cuando la luna llena iluminó el bosque, las piedritas blancas refulgieron como pequeñas estrellas caídas sobre la tierra. Hansel y Gretel siguieron el rastro sin perderse ni una sola vez, y llegaron a su casa justo cuando comenzaba a amanecer. El padre los abrazó con lágrimas en los ojos. La madrastra fingió sorpresa y alegría, pero por dentro ya estaba tramando otra plan.

La segunda vez en el bosque

Pasaron algunas semanas, pero la situación en la casita siguió siendo difícil. Una noche, Hansel volvió a escuchar la voz de la madrastra.

"Esta vez los llevamos más adentro", insistió. "Y no los dejamos volver."

Hansel quiso repetir el truco de las piedritas, pero la madrastra había cerrado la puerta con llave. Esta vez, solo tenía el pedacito de pan del desayuno. Lo guardó en el bolsillo y decidió usarlo para marcar el camino, migaja por migaja.

Al día siguiente, los llevaron mucho más adentro del bosque que la primera vez. El padre encendió otro fuego y prometió volver. Pero esta vez, cuando la luna salió y Hansel buscó las migajas, no encontró ninguna. Los pájaros del bosque se las habían comido todas.

Gretel sintió que el corazón se le caía al piso.

"Estamos perdidos", dijo en voz baja.

"Sí", admitió Hansel. "Pero vamos a encontrar el camino igual. Juntos."

Caminaron durante dos días enteros, comiendo algunas moras silvestres que encontraban entre los arbustos y tomando agua de los arroyos. El bosque era cada vez más oscuro y espeso, y los ruidos de los animales nocturnos los hacían temblar. Pero ninguno de los dos soltó la mano del otro.

La casa de dulces

Al tercer día, cuando ya casi no tenían fuerzas, un pajarito blanco como la nieve comenzó a volar delante de ellos, como invitándolos a seguirlo. Lo siguieron entre los árboles hasta que de repente, en medio de un claro bañado de luz, apareció algo que ninguno de los dos hubiera podido imaginar ni en el sueño más loco.

Una casa. Pero no una casa cualquiera.

Las paredes eran de pan de jengibre, doradito y perfumado. El techo estaba hecho de galletitas con glasé de colores. Las ventanas eran de azúcar transparente como el vidrio. Las columnas del porche eran de caramelo retorcido, y de los aleros colgaban caños de chocolate que brillaban al sol de la tarde.

Hansel y Gretel se miraron con los ojos bien abiertos.

"¿Es real?", preguntó Gretel.

"Solo hay una forma de averiguarlo", respondió Hansel, y se acercó a morder un pedacito de la pared.

Era real. Era el pan de jengibre más rico que había probado en su vida. Gretel arrancó un trozo del techo de galletita y lo masticó despacio, cerrando los ojos de placer. Hacía tanto tiempo que no comían bien que las lágrimas se les mezclaron con la alegría.

De repente, una voz suave y amable salió desde adentro de la casa:

"¿Quién está mordisqueando mi casita tan querida?"

Los chicos se quedaron helados. Pero antes de que pudieran correr, la puerta se abrió y apareció una viejita encorvada, con una sonrisa amplia y ojos bondadosos. Al menos, eso parecía.

"¡Qué lindos chicos!", exclamó. "¿Están perdidos? ¡Pobrecitos! Entren, entren, que tengo comida caliente y camas blanditas para ustedes."

La trampa de la bruja

La viejita se llamaba Hildegarda, pero nadie la llamaba así. Era una bruja, aunque eso Hansel y Gretel no lo sabían todavía. Los hizo pasar, les dio una cena abundante con torta, leche, manzanas asadas y nueces, y los acostó en dos camitas con colchones de pluma.

Pero mientras los chicos dormían, la bruja los observaba con unos ojitos que brillaban de una manera que no era para nada amable. Porque Hildegarda tenía la costumbre horrible de capturar niños, engordarlos bien, y después... comérselos. La casita de dulces era solo una trampa para atraerlos.

A la mañana siguiente, cuando Hansel todavía estaba dormido, la bruja lo agarró del brazo y lo encerró en una jaula de hierro en el patio.

"¡Soltame!", gritó Hansel, pero fue inútil.

Gretel se despertó con el ruido y salió corriendo, pero la bruja la detuvo en la puerta.

"Vos te quedás acá a cocinar", le ordenó con voz helada. "Tenés que engordar a tu hermano. Cuando esté bien gordito, me lo como."

Gretel tuvo que obedecer. Todos los días le llevaba a Hansel las mejores comidas, y la bruja se acercaba a la jaula para ver cómo engordaba. Pero la bruja tenía muy mala vista, así que Hansel, inteligente como era, le extendía un huesito delgado en lugar del dedo cuando ella quería revisarlo.

"¡Seguís tan flaquito!", rezongaba la bruja. "¿Cómo puede ser que no engordés?"

El ingenio de Gretel

Pasaron semanas. Gretel lloraba por las noches pero durante el día aprendió a observar todo con mucha atención: dónde guardaba la bruja las llaves, cómo funcionaba el gran horno de piedra donde cocinaba, cuándo era más descuidada.

Un día, la bruja perdió la paciencia.

"Se acabó la espera", dijo. "Hoy enciendo el horno. Gretel, acercate y fijate si ya está lo suficientemente caliente."

Gretel entendió de inmediato que la bruja quería empujarla adentro del horno. Se hizo la desentendida.

"No sé cómo saber si está caliente", dijo con voz inocente. "¿Me mostrás?"

La bruja resopló impaciente y se acercó al horno para demostrarle. Se inclinó hacia adentro para señalar la temperatura, y en ese momento, Gretel reunió toda su fuerza, la empujó con las dos manos y cerró la puerta del horno de un golpe.

La bruja dio un grito que retumbó por todo el bosque. Y después, silencio.

Gretel corrió al patio, encontró las llaves colgadas de un gancho en la pared, y abrió la jaula de su hermano. Hansel salió de un salto y la abrazó tan fuerte que casi la aplasta.

"¡Lo lograste!", gritó. "¡Sos una heroína, Gretel!"

"Lo logramos", corrigió ella con una sonrisa. "Ahora busquemos la salida."

El tesoro escondido y el camino a casa

Antes de irse, los chicos exploraron la casa de la bruja y encontraron, escondidos en cajones y baúles, montones de monedas de oro, piedras preciosas de todos los colores y collares de perlas que brillaban como lunas pequeñitas. Era el tesoro que la bruja había robado a lo largo de años y años de maldad.

"Esto no le pertenece a nadie malo", dijo Hansel llenando sus bolsillos. "Con esto podemos ayudar a papá."

Gretel llenó su delantal con tantas gemas y monedas como pudo cargar. Y luego emprendieron el camino de regreso.

Esta vez, el bosque parecía diferente. Los pájaros cantaban, la luz del sol se filtraba entre las hojas como dedos dorados, y el mismo pajarito blanco que los había guiado hasta la casa de dulces volvió a aparecer para marcarles el sendero. Caminaron durante horas, cruzaron un lago sobre el lomo ancho de un pato que les ofreció su ayuda, y finalmente, cuando el sol empezaba a teñir el cielo de naranja y violeta, vieron las chimeneas del pueblo a lo lejos.

Su padre estaba sentado en el umbral de la casita, con la cabeza entre las manos. Desde que la madrastra los había abandonado en el bosque, él no había tenido paz. La mujer había huido del pueblo una mañana sin decir nada, y el leñador se había quedado solo con su culpa y su pena.

Cuando levantó la vista y los vio llegar corriendo por el sendero, se puso de pie de un salto y corrió hacia ellos.

"¡Mis hijos! ¡Están vivos!", gritó con la voz quebrada de emoción, y los abrazó a los dos al mismo tiempo, tan fuerte y tan largo que los tres lloraron juntos sin vergüenza.

Un nuevo comienzo

Con el tesoro que Hansel y Gretel trajeron del bosque, la familia nunca más pasó hambre. El leñador compró herramientas nuevas, arregló la casita y empezó a vender leña en el mercado del pueblo. Los chicos fueron a la escuela, hicieron amigos, y crecieron sabiendo que, pasara lo que pasara, siempre se tendrían el uno al otro.

Hansel nunca olvidó la lección de las piedritas blancas: que cuando uno piensa con calma y no se deja llevar por el pánico, siempre encuentra la manera de salir adelante. Y Gretel nunca olvidó el momento en que empujó a la bruja: que la valentía no significa no tener miedo, sino actuar a pesar del miedo cuando alguien que querés lo necesita.

Y vivieron felices. No porque la vida fue fácil desde entonces, sino porque aprendieron que juntos podían con todo.

Preguntas para reflexionar con tu hijo

Una vez terminado el cuento, es un buen momento para charlar en familia sobre lo que pasó. Estas preguntas pueden abrir una conversación muy interesante:

  1. ¿Por qué creés que Hansel pensó en las piedritas antes de salir al bosque? ¿Qué nos enseña eso sobre pensar antes de actuar?
  2. ¿Cómo se sintió Gretel cuando la bruja la mandó a cocinar? ¿Qué hizo ella para no quedarse paralizada por el miedo?
  3. ¿Fue buena idea entrar a la casa de la bruja? ¿Qué harías vos si encontrás algo que parece demasiado bueno para ser verdad?
  4. ¿En qué momentos del cuento Hansel y Gretel se ayudaron mutuamente? ¿Creen que solos hubieran podido escapar?
  5. ¿Qué aprendieron los hermanos sobre confiar en los desconocidos? ¿Cuándo está bien aceptar ayuda de alguien que no conocemos?
📖 Moraleja: La inteligencia y el valor nos ayudan a superar los peligros, y la unión entre hermanos es más fuerte que cualquier obstáculo.
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